Zapatero, sin lugar en el mundo
Por Rafael L. Bardají y Florentino Portero El arranque del actual ejecutivo socialista encabezado por José Luis Rodríguez Zapatero se caracterizó por adoptar una política ABBA, esto es, el acrónimo en inglés del "Cualquier cosa antes que lo de Bush, Blair y Aznar". Así, la primera gran decisión fue sacar las tropas española desplegadas en misión humanitaria y de ayuda a la reconstrucción en Irak; la segunda, anunciar una vuelta "al corazón de Europa"; la tercera, abandonar la política de firmeza hacia el régimen de Castro; la cuarta, poner en pie una política para contentar a Marruecos, sin contrapartidas; y, por último, volcarse hacia el mundo islámico y el respeto a su idiosincrasia a través de la llamada "alianza de civilizaciones".
Pues bien, en todos y cada uno de los capítulos o apuestas de Rodríguez Zapatero, el gobierno socialista ha terminado en estrepitoso fracaso con el dramático resultado de que España hoy no se habla con Estados Unidos, la principal potencia del mundo; no es respetada por los socios europeos, las más antiguas democracias del mundo; es ninguneada por nuestro vecino del Sur; se ha automarginado en Europa y su política exterior; y el mundo árabe nos mira con desdén. Hace ahora dos años, quienes esto escribimos publicamos un breve ensayo titulado La España menguante. Dos años más tarde tenemos que reconocer que nos quedamos cortos. España no sólo ha menguado su papel y su peso internacional como consecuencia de los desatinos y el talante ideológico de Rodríguez Zapatero y su ministro de Exteriores, Moratinos, sino que parece haber sido amputada sin anestesia del resto del mundo en sus principales asuntos políticos. Nunca antes la España democrática ha estado tan marginada de sus socios y vecinos; nunca antes España ha estado tan directamente en el punto de mira de sus enemigos; y nunca antes un presidente de Gobierno ha podido holgazanear tanto por no disponer de agenda de viajes y encuentros en el extranjero. Dos años más tarde de su toma de posesión, Rodríguez Zapatero no ha cambiado el rumbo de la acción exterior española, ha borrado a España del mapa. Simplemente.
España-USA, de mal en peor
Las relaciones bilaterales se dinamitaron por la decisión de retirarse apresuradamente de Irak, sin ninguna intención por parte de la Moncloa de negociar ni el cómo ni el cuándo y en contra de todas las manifestaciones públicas realizadas por el propio Zapatero (que dijo que se saldría de la zona si la ONU no transformaba la ocupación militar en un plazo breve de tiempo, cosa que hizo y que no le importó). Pero para Washington el haberse sentido engañado por las formas podía haber llegado a perdonarse. La gota que colmó el vaso fue la declaración pública, hecha en Túnez, por Rodríguez Zapatero, un auténtico llamamiento a la deserción para los miembros de la coalición internacional que seguían junto a los americanos en Irak, a quien pidió que siguieran el ejemplo español. Puesto este hecho en relación con la anécdota de la bandera en el desfile del 12 de octubre de 2003, cuando el líder socialista permaneció sentado, hizo que la imagen de Rodríguez Zapatero se asimilara en América a la de un radical sesentayochero y antiamericano con el que sería muy complicado llegar a entenderse.
Los ministros de Rodríguez Zapatero tampoco se lo pondrían fácil. Bajo la creencia de que los norteamericanos son ante todo pragmáticos y que España era un país muy importante para ellos se atrevieron a hacer cosas cuyo único sentido era irritarles para atraer su atención. El acercamiento a la Cuba de Castro o toda la historia de la venta de material de guerra a Chávez, son dos buenos ejemplos.
El gobierno español que no entiende a los actuales Estados Unidos siguió convencido hasta finales del año pasado que Bush olvidaría sus pecadillos, pero éste, que no es tonto como creen, no achaca esos errores a la impericia del novato que llega al poder, sino a un esquema ideológico radical e izquierdista que no comparte y que juzga totalmente equivocado. El resultado, que tras hacernos creer la Moncloa en una foto Bush-Zapatero para comienzos de este año, la realidad es que cualquier líder del PP llega más al presidente norteamericano que el inquilino de la Moncloa. Las relaciones bilaterales se mantienen en una cooperación entre escalones secundarios, esencialmente en el ámbito militar (donde Bono no deja de prometer cosas al Pentágono, en un gesto de reconciliación), pero absolutamente gélidas en los ámbitos de la alta política. En la medida en que este clima de bloqueo de las altas esferas de decisión persista (y para que cambie es necesario que las caras cambien en el gobierno español), acabará teniendo un impacto negativo en la penetración comercial española en Norteamérica, particularmente agudo allí donde se opta a contratos del gobierno federal.
La vuelta a Europa en solitario
Rodríguez Zapatero estaba feliz de poder colocarse en un segundo plano arropado por los dos campeones europeos del anti-bushismo. Jacques Chirac y Gerard Schröder. Y para poder salir en esa foto que simbolizara el giro de 180 grados respecto a la política del gobierno Aznar, estaba dispuesto a realizar grandes concesiones aunque fuera en detrimento de los intereses de España (entre otras cosas porque como su política interior pondría de relieve, España le importaba muy poco).
Lo rimero que hizo el actual gobierno español fue levantar todas las cautelas sobre el tratado de Constitución europea, que adoptó sin revisar una coma a pesar de que suponía el final de Niza para España y, por tanto, su salida del grupo de los grandes para colocarse en el pelotón de los pequeños. En la redacción y fórmulas que Rodríguez Zapatero santificó, España perdía peso, influencia y capacidad de decisión incluso sobre asuntos de su directo interés. Pero daba igual. Era un sueño franco-alemán que no convenía disturbar.
Lo segundo, fue renunciar a negociar a favor de España las perspectivas financieras de la UE, de tal forma que de haber conseguido más de 40 mil millones de euros con el anterior gobierno, sólo se ha salvado -y gracias a la generosidad de Bruselas- unos cinco mil millones en transferencias a nuestro país. Eso sí, a Rodríguez Zapatero le pareció gracioso cómo los Estados Miembros negociaban para sacar cada uno la mejor tajada. El, que no estaba dispuesto a defender nada, se encerró en un cuarto a ver la televisión mientras los otros le arrancaban lo logrado por Aznar en años anteriores.
Con todo, eso no fue lo peor para Rodríguez Zapatero. Primero vino el rechazo popular en Francia y Holanda del Tratado de Constitución, con lo que lejos de entrar en vigor, se puso en solfa su futuro y arrastró al modelo imperante de desarrollo europeo a una grave crisis en las que todavía estamos. En segundo lugar, vino la caída de Schröder y la entrada al frente del gobierno alemán de Angela Merkel, la misma de la que el presidente español, había dicho que se alegraba de que no ganase. Por último, está el progresivo aislamiento en Europa de Jacques Chirac, su enfermedad y, no menos importante, su política de reconciliación con Washington.
Todo eso ha hecho que el ejecutivo socialista esté más solo que nunca en el terreno europeo. En la medida en que al desinterés exterior de Rodríguez Zapatero se le suma que su ministro de exteriores tiene sus prioridades en otras zonas del mundo, las perspectivas españolas en Europa tienden a nuestra marginación e irrelevancia. Y la evolución política del continente no augura que esto vaya a cambiar pronto.
El desdén altanero de Fidel
"Al final me voy quedar sin conocer a Fidel" dijo Rodríguez Zapatero mientras le esperaba con motivo de la Cumbre Iberoaméricana de Salamanca. Y al final, como Fidel no dio señales de vida, se quedó como antes, sin conocerle. Paradójico, porque esa ausencia era un auténtico desprecio hacia el presidente español, el único dirigente político europeo dispuesto a luchar porque la UE suavizara sus relaciones con la dictadura castrista, olvidara sus sanciones diplomáticas y volviera a hablar con el régimen cubano como si se tratara de cualquier otra nación del mundo occidental. Al menos eso era lo que venía proponiendo nuestro embajador en La Habana desde que llegó s su puesto. Iniciativa que había encontrado su traducción en distintas propuestas en el seno de la Unión Europea, donde, no lo olvidemos, España siempre ha sido la voz cantante en relación a la isla.
Con todo, la firmeza en la defensa de los derechos humanos y la libertad de expresión de algunos países, ha servido para frenar el cambio de orientación defendido por el gobierno socialista español. Con el tiempo y el conocimiento de quién es verdaderamente Rodríguez Zapatero, la concesión de la buena voluntad del gobierno español, se ha transmutado en una profunda desconfianza y el papel de líder hacia el problema cubano, para suerte de los que todavía viven bajo Castro, ya no reside en los representantes españoles en la UE.
La justificación dada por Madrid, que escondía sus inclinaciones ideológicas para con el régimen castrista, era una supuesta contrapartida de Castro quien estaría dispuesto a negociar la liberación de varios presos políticos a cambio de volver a la normalidad diplomática con la UE. Las dudas de muchos al respecto no han hecho sino materializarse. A pesar de jugar con el gobierno español, castro no ha levantado su férreo control sobre sus ciudadanos, todo lo contrario. El número de presos políticos ha aumentado.
El empecinamiento del ejecutivo español, no obstante, por obviar lo imposible y negar la maldad del poder de Fidel, nos ha colocado en las antípodas de nuestros socios europeos. O sea, que ni apertura en la isla ni autoridad moral en Europa. Y Zapatero todavía esperando a Fidel.
Contentando a Marruecos
Rodríguez Zapatero no le ha regalado el islote de Perejil a Marruecos no porque no esté dispuesto a ello, sino tal vez porque no lo considera de propiedad española. Y ya se sabe, nadie puede regalar lo que no es suyo. Pero lo que sí ha sido capaz de entregar al rey de Marruecos sin que el presidente español haya sido capaz de explicar por qué, han sido dos cosas: la primera, un cambio de posición sobre el sahara y el derecho a la autodeterminación del pueblo saharaui, olvidándose de la actitud y política tradicional del socialismo español al respecto, así como de las iniciativas y el plan de la ONU para la zona. La segunda, abrir la perspectiva de una posible negociación sobre el futuro de las dos ciudades españoles en el Norte de África, Ceuta y Melilla.
Lo que no ha hecho Rodríguez Zapatero es pedir a Rabat que se abra al mundo de los derechos humanos y que mejore las penosas condiciones de control y censura que hacen de su legislación sobre la prensa libre una broma. Tampoco se ha interesado por las condiciones de los presos en las cárceles marroquíes; ni ha intercedido por los prisioneros saharauis. Por no hablar de la ayuda para el esclarecimiento de los atentados del 11-M.
El problema de fondo es que la política de contentar a Marruecos surge del miedo. Moratinos y Rodríguez Zapatero creen que un vecino en el sur, incapaz de desarrollarse, demográficamente explosivo y crecientemente islamizado es una bomba. Y tiene razón. Pero la terapia que acompaña a su diagnóstico no es forzar un cambio político hacia la liberalización, sino apuntalar al régimen actual. En lugar de promover la democracia, la promoción de la actual corrupción.
Marruecos, además de apoyarse tradicionalmente en Francia para socavar las políticas españolas, ha visto el cielo abierto y se ha vuelto más osado en su relación bilateral con España. Y lo peor de todo, no sólo Madrid tiene menos influencia en las decisiones de Rabat, porque ha regalado tanto sus zanahorias como palos, sino que el régimen alauita sigue siendo tan inestable y vulnerable a una erupción como antes. El gobierno español sólo ha logrado empeorar la presencia de España en la zona. Ese es su logro histórico.
Alianza con los incivilizados
La única iniciativa positiva del actual gobierno español ha sido la llamada Alianza de Civilizaciones, lanzada desde la tribuna de la Asamblea general de la ONU y que en estos dos años tan sólo ha conseguido lograr la celebración de una reunión de un grupo de expertos de alto nivel en Qatar, el mes pasado.
Dos años después del anuncio de Rodríguez Zapatero, seguimos sin saber de qué se habla para esa supuesta alianza, para qué se va a realizar, con quien y cómo. Es más, las dudas sobre su atractivo tanto entre nuestros socios como en el mundo islámico son muy fuertes a tenor de lo que se puede observar. Así, por ejemplo, el G-8 está embarcado en un programa de transformación del Gran oriente Medio y Norte de África que choca con la iniciativa española, porque el G-8 quiere cambiar el mundo árabe mientras que Rodríguez Zapatero quiere fijarlo tal y como está. Pero es que entre los propios musulmanes, el apoyo es más bien relativo. Recuérdese, por ejemplo, las ausencias de sus líderes en la Cumbre de Barcelona.
La reciente crisis de las viñetas ha puesto una vez más de relieve la enorme distancia que media entre los sentimientos de la población europea y sus representantes políticos. Y no ay más que ver la sorna pública española hacia la propuesta del presidente para entender cuál es la imagen popular que los españoles tienen de lo árabes, más cerca de la decapitación que del diálogo. Tampoco por aquí el gobierno va a parte alguna.
El resultado. España ha dejado de existir para los principales actores en el mundo y está ausente de los grandes debates estratégicos. Ni está, ni se la espera. Con este gobierno, al menos.